Nuestros desincentivos económicos

En los pasados días los medios noticiosos nos han bombardeado con las “innovadoras” propuestas de nuestros políticos relacionadas a cómo incentivar nuestra economía.

Tal parece que con el bolígrafo mágico pueden crear una nueva realidad en donde no tendríamos que preocuparnos por el desfalque en las finanzas públicas que crea la eliminación de la Ley 154, la cual borra de un plumazo casi una tercera parte de los ingresos del país.

Mientras se debate qué hacer con esta problemática, y los sinsabores que se han suscitado con las Leyes 20/22 (ahora Ley 60), nos hemos “olvidado” de algunas “cositas” que están a nuestro alcance que quedan olvidadas en este marrubio de propuestas de nuestros pseudoeconomistas.

“¡Volví a caer en el mismo hoyo del expreso!”, comentaba el autor de esta columna. “Lleva más de dos años sin arreglar, y como su fuera poco, ahora hay otros dos más”. Aquí está nuestro primer de desincentivo para invertir en nuestro país.

El alto costo energético y las largas horas que nos dejan sin este servicio escencial es otro desincentivo adicional. (Recuerden las infames 48 horas del apagón sobre el cual todavía no tenemos una clara explicación de lo que paso).

Y, por último (aunque esta lista es mucho más extensa), el disparate de reducir el recaudo de la UPR, relegando a un segundo
lugar lo que debería ser una prioridad de país: la educación, fomentando así que profesores y estudiantes busquen nuevos rumbos fuera del país.