Este fin de semana, como muchos otros desde el 1914, fecha en que el presidente Woodrow Wilson lo proclamó como una celebración oficial, se celebra el Día de las Madres.
Nuestras madres cocinaban nuestras comidas favoritas. Nunca olvidaban nuestros cumpleaños ni fechas que pudiesen tener un significado especial para nosotros. Nos llevaban al colegio o a la escuela. Nos ayudaban con nuestras asignaciones. Y, por supuesto, cuando eran los tiempos de los novios o noviecitas, siempre había consejos sabios que nos ayudaban a enfrentar los retos de estas incipientes relaciones.
Su labor es indispensable, tanto la formación de la familia como la del país. En muchos casos, empresarios, médicos, ingenieros, contables y demás profesionales se motivaron a ejercer su profesión por iniciativas, esfuerzos, respaldos y ánimos de nuestras madres.
A pesar de la importancia de la labor de nuestras madres, su trabajo debería recibir mayor reconocimiento. Estudios económicos que miden los niveles de ingreso del país, por ejemplo, no incluyen su aportación. No se le da igual importancia a su trabajo -sin paga- como al de otras nobles profesiones; una injusticia que es hora de acabar con ella.
En mi caso, el año pasado mi mamá y mi esposa, madre de mis hijos, se fueron al cielo. Sin embargo, dejaron su amor eterno en mi corazón. Las recuerdo todos los días, no solo el Día de las Madres.