Durante los pasados días la nación estadounidense (y muchas otras) se estremecieron ante la noticia de que el presidente Donald Trump fue hospitalizado a causa de infectarse con el COVID-19. Luego de un sinnúmero de tratamientos —muchos de ellos experimentales y no disponibles al ciudadano común— fue dado de alta el lunes 5 de octubre, tras pasar tres días en Walter Reed.
Noticias como estas apuntan hacia la gravedad de este virus y la facilidad de contagio. Aun en personas que no muestran síntomas (quizás por estar incubando el virus) nos es fácil “bajar la guardia”. Fotografías tomadas de personas previo a la manifestación de síntomas no dan indicios de una persona enferma.
Aun con las noticias esperanzadoras de una vacuna, hay comportamientos que ya hemos alterado, ya sea por Órdenes Ejecutivas o por miedo al contagio. El lavado de manos con frecuencia y tener más conciencia del distanciamiento social serán hábitos difíciles de romper. Las idas a los cines, eventos deportivos, restaurantes, hoteles, autobuses turísticos, transportación en masa y los viajes en aviones y cruceros tendrán que modificarse significativamente.
Mientras tanto, las noticias de la salud del presidente nos deben alertar que este virus es contagioso y para más de 200,000 estadounidenses, letal. Está en nuestras manos tomar las precauciones debidas, pues, como ya se ha mostrado, ni muchos gobiernos estatales ni el federal las han tomado.