Bartolomé Gamundi

Le gustaba que lo llamaran por su apodo, “Barti” y de verdad, era excepcional. Aunque nació en República Dominicana y estudió en Montreal, adoptó nuestra islita como suya. Entre sus múltiples logros profesionales figuran haber fungido como secretario del DEEC, presidente de la Asociación de Industriales (AIPR) y de la Cámara de Comercio. Fue un industrial reconocido, consultor gerencial, y como si fuera poco, autor de varios libros.

Conocí a Barti cuando me uní a Arthur Andersen, en ese momento, una de las firmas más prestigiosas de consultoría y contabilidad. Como ingeniero industrial, Barti se desempeñaba en proyectos de productividad y gerencia industrial.

Fue nombrado presidente de la AIPR justo cuando arreciaba la controversia en torno a la eliminación del incentivo federal conocido como la Sección 936 de Código de Rentas Internas federal. Defendió la posición de la organización — ahora denominada Industriales — con valentía y tacto ante el insistente ataque de parte del gobierno y el congreso republicano. Lo hizo con tanta rectitud, que años después, ya terminada la controversia, Barti y sus “contrincantes gubernamentales” se saludaban como viejos amigos. Barti no cambió la suerte de la sección 936, pero contribuyó a forjar una base de profesionales en la isla que hizo posible el fortalecimiento de la manufactura, sector que hoy soporta la mitad de nuestra economía.

Por su capacidad de avistar soluciones y oportunidades cuando muchos solo veían problemas, Barti fue y será un ejemplo para emular.