“Aquí no hay casi agua, no hay café, leche, arroz, gas, ni electricidad por lo general”. Así me escribieron desde Cuba semanas antes del apagón que dejó al país en tinieblas.
El tema del superapagón en Cuba, exasperado por el “pequeño” huracán que también los azotó, es el resultado de una triste historia de un deterioro continuo que por décadas han estado sufriendo los habitantes de esa isla.
Desde el fin de la guerra de independencia cubana en 1898 han pasado 126 años; 61 años como república democrática y 65 años bajo el régimen actual. Aun con los vaivenes que ocurrieron durante la república, no cabe duda de que la diferencia entre el progreso social y económico de los dos sistemas es abismal.
La ausencia de una economía viable combinada con las decisiones nefastas tomadas bajo el régimen actual resultó en una dependencia de la Unión Soviética y luego de Venezuela. En ambos casos, esta tutela se acabó y, por ende, vemos sus resultados.
¿Y qué podemos nosotros aprender sobre la desgracia de nuestra isla vecina? Entre otras cositas, que tratemos en lo posible de limitar la dependencia de nuestro querido Tío Sam.
No cabe duda de que es generoso, pero la deuda astronómica de los Estados Unidos podría redundar en recortes para nosotros. Y aunque hay políticos que perjuran que esto nunca ocurrirá, “los números no mienten”.