Arturo, a pesar de ser el hermano menor, se había convertido en el patriarca de la familia. Cada verano y también para las navidades, hacía lo indecible para convencer a sus hermanos, sobrinos y demás familiares — muchos de los cuales vivían en Estados Unidos — a reunirse en Puerto Rico para un festín de lechón, arroz con gandules, morcillas y, por supuesto, tembleque.
Así las cosas, Arturo no cesa de destacar nuestras costumbres y las celebra aun con los que, por vivir por tanto tiempo en Estados Unidos, se les dificultaba el español.
Ante esta escena, muy típica de muchas familias que residen aquí, vemos que muchos, muy probablemente por razones económicas, decidieron “brincar el charco”. Así se va engordando nuestra diáspora mientras nuestra población se reduce y envejece.
Sin embargo, tras la reunión familiar de Arturo vemos cómo algunos regresaron. A pesar de que estudiaron sus carreras profesionales en Estados Unidos, Jean Paul y Melisa decidieron volver. Vieron oportunidades de desarrollo profesional aquí. Además, deseaban vivir cerca de sus familiares y amigos de la infancia, relaciones que no encontrarían en otro sitio que no fuera Puerto Rico.
A pesar de la importancia del sector público para mover los temas económicos, sociales, de salud y seguridad, entre otros, sin personas como Arturo, que fomenta la importancia del núcleo familiar, nuestra isla no prosperará.