La muralla de Trump: una perspectiva histórica

En estos momentos en que la nación americana está paralizada debido al debate sobre la construcción de una muralla con México, nos parece idóneo hacer una revisión de algunas de las murallas insignes que se han construido a través de la historia. ¿Han logrado su propósito? Quizás una revisión desde el punto de vista histórico pueda ayudar a contextualizar este debate. Después de todo, no es la primera vez que líderes políticos y militares ven la solución a sus problemas plasmados en una muralla. Comenzaremos con la muralla que construyó el emperador romano Constantino para su nueva capital, Constantinopla.

La primera muralla se construyó en el siglo V y luego se construyó otra en el siglo VI. Contaban con un sinnúmero de fuertes y se pensaba que era impenetrable. Hasta alrededor del siglo XII, Constantinopla se consideraba como una de las ciudades más ricas del área. Sin embargo, el imperio Bizantino continuaba perdiendo terreno ante ataques fronterizos, particularmente contra el imperio Otomano quien, con el uso efectivo de la pólvora, comenzó a bombardear la cuidad hasta que capituló en 1453. Hoy en día la ciudad se conoce por el nombre de Estambul.

La muralla protegió a Constantinopla por casi un milenio. Si el presidente Trump desea construir una muralla que dure 1,000 años quizás pueda enviar a sus ingenieros y arquitectos a estudiar el diseño romano. Por supuesto, habría que asegurarse que no hubiera cañones otomanos (o mexicanos) cerca.

El imperio español también favorecía las murallas. La hostilidad de Inglaterra, Holanda y Francia hacia España era palpable con la decadencia militar de este hacia el siglo 17. A partir del ataque holandés a Curazao e islas adyacentes en 1635, España concentró sus esfuerzos militares en la construcción de murallas en San Juan, Cartagena, La Habana y Santo Domingo. La muralla de circunvalación puertorriqueña no vio acción en el ataque ingles del 1797 ni Respeto a las Leyes Hiram Sánchez Martínez Exjuez del Tribunal de Apelaciones Continuamos creyendo que la alta tasa de criminalidad se debe únicamente a la ausencia de policías en la calle.

No entendemos que el trabajo policíaco está concebido primordialmente para combatir e investigar el crimen, y que es a la familia y a otras agencias gubernamentales a quienes corresponde principalmente la función de prevenirlo. Vemos a diario que la Policía llega a demarcar con cintas amarillas la escena de los delitos y al Negociado de Ciencias Forenses a marcar el lugar exacto donde cayeron los casquillos de las balas disparadas. O sea, después de que el crimen ha ocurrido. Porque al policía que asesina a su esposa o al gatillero que acecha y mata no los puede detener ningún contingente grande de policías. Por supuesto, siempre es más fácil echarle la culpa a otro, para zapatearnos de nuestra propia responsabilidad en todo hecho criminoso que nos parece ajeno. Lo cierto es que las leyes se hicieron para regular la conducta de todos los seres humanos que vivimos en sociedad, porque sin leyes ni respeto a ellas la sociedad no podría subsistir. La pregunta es, comenzando por cada uno de nosotros, si somos realmente obedientes y disciplinados cuando no estamos durmiendo. Porque, querámoslo o no, debemos cobrar consciencia de que nuestras propias delincuencias contribuyen grandemente al comportamiento social. Y, aunque en términos generales todos hemos incurrido en pequeñas conductas delictivas —se nota principalmente en la “observancia” o “inobservancia” de la Ley de Tránsito— no todos hemos salido alguna vez a robar una gasolinera o a matar a alguien.

Nos percibimos a nosotros mismos como “ciudadanos decentes”, respetuosos de la ley, porque ni robamos ni matamos. Cuando en Nueva York se implantó la “teoría de las ventanas rotas” se advirtió una merma en su tasa de crimen (–40%). Nadie podía explicar con rigor científico su éxito, pero todos aceptaban que había sido una buena iniciativa que funcionaba. La teoría era que el de- terioro urbano desatendido —un edificio abandonado cuyo deterioro empieza con una ventana rota y después otra y otra, hasta convertirse en hospitalillo o lugar para violar mujeres— hacía que la ciudad se convierta poco a poco en tierra de nadie. Algo que correspondía enfrentar a las agencias del gobierno. Por su parte, la policía neoyorquina comenzó a realizar arrestos por delitos menos graves a los que antes no les prestaba atención: conducta desordenada, beber alcohol u orinar en público, prostitución callejera, limpiar parabrisas u otros actos para conseguir efectivo de conductores que se detenían en los semáforos, etc. ¿Cuántos hemos sido testigos o autores de esas “pequeñas delincuencias” —cometidas muchas veces frente a niños pequeños—, sin que nos reconozcamos en ellas? Como acelerar cuando el semáforo cambia a luz amarilla; detenernos en una intersección después de la línea blanca en el pavimento y sobre el paso de peatones; pasar a exceso de velocidad por una zona escolar en horario de clases; cambiar de carril a lo loco; frenar a última hora; hacer doble parking, o bloquear a otros carros frente a la panadería, en vez de esperar a que se desocupe un espacio; virar en U cuando no se debe, etc. Cuando hacemos esas cosas es porque pensamos que no hay policías cerca para hacer cumplir la ley.

Sin embargo, la realidad es que el orden en las carreteras no debería depender de que haya más policías, sino de que haya más compromiso de parte nuestra para entender que esas leyes son necesarias a la seguridad vial de todos y que “observarlas” no debería depender de que un policía nos “observe”. Cumplir la ley debe ser un acto de convencimiento propio, de que eso es bueno para uno, su familia y la comunidad. De ahí la pregunta: ¿qué podemos hacer para detener esas “pequeñas delincuencias” que no sea empezar por nosotros mismos, cambiar de actitud, y comenzar a comportarnos de acuerdo con los mandatos de la ley, aún en las situaciones delincuenciales que no sean de “tanta gravedad”? en la guerra del 1898 (aunque desde el fuerte San Cristóbal se hicieron varios disparos inefectivos a la armada estadounidense). Otra muralla icónica, esta vez del siglo XX, es la de la cuidad de Berlín. Esta muralla intentaba por todos los medios retener la población que habitaba en el lado soviético. Además de la muralla había soldados con ametralladoras con órdenes de disparar y minas terrenas que explotaban si alguien tratando de escapar las pisaba. La muralla duro 28 años, desde el 1961 hasta que se derrumbó en 1989; poco en comparación con las otras aquí mencionadas. De los 155 kilómetros construidos, solo quedan 1.3 kilómetros. ¿Qué ha pasado con estas construcciones? Se han convertido en atracciones turísticas. La mayoría nunca cumplieron con las expectativas de sus diseñadores. Quizás en este caso, la historia tiene algo que ofrecer.