Luego de buscar despiadadamente bajo el arbolito de Navidad, encontré el regalo de mi hija: un pasaje a Washington, D.C. en invierno (era el más económico). Al comenzar a empacar las pocas ropas que me podrían proteger del estrepitoso frío que me esperaba, me percaté de que vivir en nuestro clima tropical tenía sus ventajas.
No cabe duda de que los salarios en Estados Unidos superan los nuestros. Los carros no cuentan con el escandaloso impuesto que tenemos que pagar, no se ven nuestros famosos cráteres en las carreteras y los sistemas de salud funcionan (aunque son un poquito más caros que los nuestros). Competir con estas y otras ventajas son enormes (pero superables) retos que enfrentamos para atraer el joven talento puertorriqueño que se nos fue.
Por otro lado, no necesitamos comprar el costoso ajuar de invierno que nos ocuparía espacio en nuestros reducidos clósets. Tampoco tenemos que comprar uno nuevo cuando, a causa de las morcillas, gandingas, pasteles y demás delicias de nuestra Navidad, ya no cabemos en nuestro ajuar.
No nos deben preocupar los múltiples accidentes automovilísticos causados por la nieve, pues aquí, por lo menos por ahora, no nieva. Y, como si fuera poco, a causa del terrible frío invernal, muchos abandonan sus rutinas de ejercicios (nosotros las abandonamos por otras razones).
La verdad es que, a pesar de nuestros retos, ¡vivimos en un paraíso!