El domingo pasado llovió tanto que parecía que nos había azotado el hijo (o nieto) del Ernesto que nos visitó hace par de semanas. El cielo se tornó tan oscuro que afectaba la visibilidad de cualquier conductor que tuviese la necesidad imperante de buscar algún comestible que de repente se dio cuenta que escaseaba en su nevera.
Mientras tanto, nuestras temibles carreteras comenzaban a desbordarse a tal punto que el Servicio Nacional de Meteorología lanzó una advertencia sobre posibles inundaciones.
Tal parece que el lobo nos volvió a sorprender. Primero con las inundaciones, luego con la ausencia de energía (y a veces también de agua), y como si fuera poco, la paralización de todo andamiaje económico.
¿No podríamos desarrollar un plan para por lo menos mitigar estos efectos climáticos? Aquí unas sugerencias. La primera y la más obvia es mantener las alcantarillas libres de escombros. Sabemos que una alcantarilla limpia no les va a proveer votos adicionales a nuestros políticos, pero una inundación a causa de una alcantarilla tapada se los podrá restar.
La segunda sugerencia es continuar con la siembra de árboles nativos que promueven un sinnúmero de organizaciones como Para la Naturaleza. ¡Hay que aplaudir y respaldar estos heroicos esfuerzos!
Y, por último, una mejor planificación urbana sería ideal; una en donde se considere darle más importancia a la infraestructura que a los chavitos que les entrarían a las alcancías del gobierno.