“¡Somos pobres!”, me comentaba la administradora de una universidad prestigiosa local al mostrarme la cantidad de dinero que sus egresados donaron. Fue por la lista: $2, $5, $15, $150 y por fin encontró un egresado que se desbordó y donó $1,500. ¡La cifra que alcanzaron estas donaciones no alcanzó ni el uno por ciento de los ingresos de la institución!
“¿Qué podemos esperar?”, me indicaba. Algunos de nuestros egresados no encuentran empleo. Muchos de los que sí lo encuentran aquí, a pesar del aumento de $10.50 por hora, los pesitos de su salario no les alcanzan para su comodidad.
¡Imagínense, por otro lado, todos los aumentos que nos vienen encima! Ya se ha hablado hasta la saciedad de los aumentos en los servicios de agua y electricidad que nos apretarán el bolsillo. Los costos alimentarios ya han reaccionado al aumento salarial. Y como si fuera poco, los costos de alquilar o comprar una vivienda están casi inaccesibles para muchos jóvenes (y los no tan jóvenes).
Como consecuencia, se está disparando la brecha entre los que pueden costear y beneficiarse de esta economía volátil, y la mayoría de la población, los que devengan un salario o retiro más o menos fijo. Estos se están perjudicando.
Soluciones para resolver esta encrucijada, que se agravará cuando las dádivas del Tío Sam se acaben, las tememos, pues poseemos la experiencia de haber enfrentado retos arduos que sobrepasamos.