Una cosa es leer las insaciables publicaciones sobre el estado anémico de nuestro sistema de salud, y otra cosa muy distinta es cuando tu vida peligra por el estado en que se encuentra
Así es la historia de Alberto, un puertorriqueño que emigró a Miami, y nos visitaba con frecuencia.
Alberto sufrió un ataque de angina y fue atendido en el Hospital Cardiovascular. Horas más tarde fue dado de alta.
Ya que no había ni desayunado ni almorzado, decidió ir a un restaurante en Suchville, Bayamón, uno de los pocos que están abiertos los lunes. Allí experimentó otro ataque de angina. Por estar cerca de un reconocido hospital, se marchó para que lo atendieran. Allí comenzó su aventura.
Tras esperar largas horas en la sala de emergencia, Alberto decidió regresar al Cardiovascular donde ya lo habían atendido.
“No se debe ir”, le argumentaban los médicos de la sala, “aquí será mejor atendido. Tenemos los mejores médicos de la isla y podemos hacerle cualquier procedimiento que fuese necesario”.
Alberto los escuchó y decidió quedarse. A los tres días de estar ingresado, el prometido cardiólogo pasó de visita. Digo visita, pues estuvo con Alberto solo cinco minutos.
Y para colmo de males, no le recetó la dosis adecuada de medicamentos. El pobre Alberto, enfermo como estaba, tuvo que acudir a su cardiólogo en Estados Unidos para hacer las debidas correcciones.
¡Esto tiene que cambiar!