La semana entrante planeo viajar a Santiago de Cuba. ¿Qué me motiva a ir cuando pudiese haber otros destinos más “encomiables”?
Aunque he pasado casi toda mi vida en esta preciosa isla, nací en Santiago de Cuba. Desde temprana edad, oí cuentos de mis padres, tíos, abuelos y demás parientes sobre sus vidas allí. ¡Qué irónico! ¡Tan cerca y, a la vez, tan lejos!
Aunque mis hijos y hermanos pueden entrar a Cuba sin problemas (por tener el pasaporte de EE.UU.), por haber nacido en Cuba, el gobierno cubano me requiere un pasaporte cubano. Eres cubano de por vida, me reseñaban.
Y allí comenzó mi odisea. Para obtener el pasaporte necesitaba el certificado de nacimiento en original, documento que no tenía. Fue entonces cuando tuve que contratar a una compañía para que escarbara los archivos cubanos en busca de mi certificado.
Una vez conseguido hubo que llenar una solicitud en donde apunté los nombres de mis primos ubicados en La Habana. Por esas cosas de la vida, se me olvidó informarles de mi solicitud. Imagínense su sorpresa al recibir una llamada del gobierno preguntándoles por mí.
Los historiadores de Santiago, al enterarse de mi viaje, me invitaron a dar una charla sobre un libro que publiqué detallando nuevos hallazgos de la Guerra de Independencia cubana y que presenté el año pasado en el Smithsonian.
¡Un buen final para la odisea!